lunes, 14 de septiembre de 2026

Electrocardiograma

Llegando tarde a otra obligación.
La misión implica esquives, gambetas
en el barrio de Almagro.
El tráfico y su carga exponencial.
El rojo laberinto en el gps del conductor polarizado
le sube la presión.
Corro para no perder por tercera vez mi turno médico.
Uso mis fuertes piernas. Tengo un cuerpo
que uso sin darme cuenta,
A veces está cerca,
a veces me susurra un isquiotibial
y tengo que hacer memoria.
Si no concuerda mi pasado con el tirón,
el chivo expiatorio es el colchón hundido,
la moldura del coxis.
Hubiese sido mejor invertir en la duermevela
y comprar algo más próspero.
Siempre están las cuotas,
una estaca en el futuro de la que ato un anzuelo
que me engarza el bolsillo.
Le debo tanto a la tarjeta,
ella lo sabe y me lo recuerda el día diez del mes.
Cinturón fuera, remera en alta.
Me colocan ocho ventosas 
sobre el pecho.
Como que me da medio escalofríos el gel
que me embadurnan
pero enfermera, estoy a su merced.
Entrego todo lo que tengo
en pos de un electrocardiograma perfecto.
Crucial la respiración
para la lectura sin errores.
La máquina está buena, es semiportátil, 
podría nadar
con sus tentáculos grises 
si sus cables no se enrollasen al terminar
y el botón de apagado 
no la mandase a dormir.
Solo se usa para lo que fue creada.
Sino, de nuevo al cajón.
Las indicaciones son tres: manos
debajo de los glúteos, inmovilidad total 
de las extremidades, inhalación y exhalación cotidiana.
¿Cómo es mi normal respiración?
¿Cómo pensar en lo que mi mente 
evita colorear?
¿Cómo saldrá el estudio 
si el corazón todavía sigue 
en la correteada reciente, 
repiqueteando las calles en extrañas lenguas 
por el atajo de mi oído?








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