Cuando todavía no habían encontrado a Hernán, el lado derecho de su rostro estaba estampado contra la ventana. El cinturón de seguridad le apretaba el cogote, lo ahorcaba cual tentáculo y le tapaba, apenas, parte de su boca, como si fuese más un intento de mordaza improvisado por un asaltante que el efecto contraproducente de un instrumento utilizado para minimizar daños. Las venas sobresalían de la piel. En especial, de la frente. Desorbitados, sus ojos se movían sin detenerse en un punto de vista definido. Le costaba mucho respirar, y en absoluto, gritar. Por suerte, contaba con todos sus dientes, intactos, sanos, blanquísimos para un joven de su edad -eso sí, con su lengua reconoció que su rebelde diente de leche se había aflojado un poquito-. Pudo haber recurrido a ellos para aunque sea morder, deshilachar un poco el cinturón que le apretaba el cuello, le hinchaba la yugular hasta hacerle sentir el golpeteo seco de su propio pulso pero las encías no respondían. Las tenía acalambradas, duras de los nervios, así que gritaba y se retorcía en su lugar. Gritaba la misma vocal una y otra vez, más por instinto que otra cosa. Nada de palabras, ya no quedaban. La lengua, los dientes y la mente, totalmente desincronizados. Solo gritos.
Un horizonte fino y alargado. Un auto hundido en la banquina. El viento que se corta con la urgencia de una onomatopeya. Y sigue su rumbo.
Hernán estaba desesperado y su imposibilidad para respirar comenzaba a ocupar de a poco cada rincón de su mente. Desesperación que funcionaba bajo la lógica de un vórtice: cuanto más pensaba, más se asfixiaba. Y lo peor de todo esto, era que él se daba cuenta.
***
Abrió los ojos. La luz del mundo nunca lo había cegado tanto. Según lo que suponía, la muerte debía ser un espectáculo trascendental, una sensación capaz de humillar a cualquier pesadilla mundana. A lo largo de sus quince años había sentido el murmullo de la muerte, siempre debajo de su almohada. Las pesadillas, suponía, era lo más cercano. Hernán había muerto ya varias veces: al caer en las fauces inmundas de su abuela al rechazarle una tercera porción de torta. A causa de una mezcla entre asfixia y agonía después de haberse perdido en las mangas de una campera. Había reventado su cabeza contra las vías de un tren y había conducido un tren hasta reventarlo contra el paredón de su escuela. Había visto la muerte vestida de mil maneras distintas y esta no se le parecía a ninguna. Suspiró y entonces, aseguró estar vivo. Pero más allá de una celebración interna al sentir el corazón prendido, cada extremidad encajada en su lugar y sobretodo: sentir, sentirse, sentirse humano; Hernán quería caminar, comprender su situación, pedir explicaciones.
Pensó en llamar al único médico a la vista, pero notó que llevaba los auriculares puestos y liberaba una tranquilidad al secarle la sangre de la nariz a un anciano con un pañuelo, como a un mueble, que prefirió no molestar. Al fin y al cabo, él ya se sentía bien. Bajo de la cama, y con el mismo grado de disimulo que de confianza salió de la habitación. A primera vista, los pasillos del hospital le parecieron vacíos- recientemente vacíos. Caminaba con ímpetu para amplificar su presencia, pero era en vano, ni un alma. Si es que el edificio había sido evacuado, se habían olvidado de darle aviso a su cuarto. El cielo raso se desarmaba en escamas y las paredes estaban sin revocar. Para colmo donde debía haber foquitos de luces prendidos, caían cables pelados, escapándose del techo. Había sillas de ruedas en el medio de los corredores, carritos para transportar comida asomándose de otros cuartos, una gotera cayendo dentro de un balde –ya rebalsado. En el piso, muchas curitas. Si alguna vez hubo vida, había llegado tarde.
***
viernes, 14 de julio de 2017
miércoles, 12 de julio de 2017
quince grados bajo cero a la intemperie
imaginate una gripe toda
gorda y peluda y panzona
y con sus más de ciento veinte mil
tentáculos aleteando desesperados
junto a otras ciento veinte mil gripes
apretadas de tanto ajetreo -maples
en tu torrente sanguíneo. imagínate
cómo suenan tus costillas
cómo es estornudar y escuchar
que hay algo adentro que se quiebra
polifonicamente, imagínate cómo
aumenta de tamaño la maleza crece
más rápido que el pensamiento, mírala
cómo gana espacio en tu invernáculo,
la serpiente enrollándose en los tallos,
la técnica de la llave aplicada
en cuellitos diminutos.
dejá los nervios en el cenicero. dejá
gorda y peluda y panzona
y con sus más de ciento veinte mil
tentáculos aleteando desesperados
junto a otras ciento veinte mil gripes
apretadas de tanto ajetreo -maples
en tu torrente sanguíneo. imagínate
cómo suenan tus costillas
cómo es estornudar y escuchar
que hay algo adentro que se quiebra
polifonicamente, imagínate cómo
aumenta de tamaño la maleza crece
más rápido que el pensamiento, mírala
cómo gana espacio en tu invernáculo,
la serpiente enrollándose en los tallos,
la técnica de la llave aplicada
en cuellitos diminutos.
dejá los nervios en el cenicero. dejá
que te embarguen el aire, de a poquito
el cuerpo pierde su espesor, se desinfla,
la flaqueza de lo finito.
imaginatela
y no llores.
el cuerpo pierde su espesor, se desinfla,
la flaqueza de lo finito.
imaginatela
y no llores.
lunes, 19 de junio de 2017
Otras formas de par(t)ir
gorgotea el mar
eructa litros de sangre
contra las rocas y en la cara
de los padres todavía
el drama le quita espacio
al dolor.
también, la presión alta
y el colesterol, la taquicardia
y la depresión baja la calidad
de vida
-comenzando por los pelos
en la almohada.
y cómo gorgotea el mar
y con qué irreverencia eructa
la sangre
y considera esos aplausos
provenientes de la playa
todo un signo de aprobación
de un espectáculo tan aberrante
que de seguro ni él comprende.
eructa litros de sangre
contra las rocas y en la cara
de los padres todavía
el drama le quita espacio
al dolor.
también, la presión alta
y el colesterol, la taquicardia
y la depresión baja la calidad
de vida
-comenzando por los pelos
en la almohada.
y cómo gorgotea el mar
y con qué irreverencia eructa
la sangre
y considera esos aplausos
provenientes de la playa
todo un signo de aprobación
de un espectáculo tan aberrante
que de seguro ni él comprende.
jueves, 15 de junio de 2017
sábado, 3 de junio de 2017
Tabula rasa
por orden del caos,
mi atención se descarrila
mis pies no coinciden
con la maleabilidad del espacio
que contemplo.
una pollera ancha
recubre media señora de media tarde de edad
el futuro guardarropas
de sus nietos cabe en todo ese nylon
y el sarcasmo
se pregunta
si angostaron
la vereda.
empiezan
los insultos
en los ojos
de los otros
y todo ocurre en voz alta
y con la boca cerrada
como decreta el siamesismo
la calle es una red atiborrada
de soliloquios nerviosos
cómo éste,
como el suyo, señora:
las bolsas de arena al piso,
inmolarse y subir.
obsequiános la tabula rasa
que se trizen estos huesos
que la tiza un vez que se hace polvo
ya no puede escribir.
mi atención se descarrila
mis pies no coinciden
con la maleabilidad del espacio
que contemplo.
una pollera ancha
recubre media señora de media tarde de edad
el futuro guardarropas
de sus nietos cabe en todo ese nylon
y el sarcasmo
se pregunta
si angostaron
la vereda.
empiezan
los insultos
en los ojos
de los otros
y todo ocurre en voz alta
y con la boca cerrada
como decreta el siamesismo
la calle es una red atiborrada
de soliloquios nerviosos
cómo éste,
como el suyo, señora:
las bolsas de arena al piso,
inmolarse y subir.
obsequiános la tabula rasa
que se trizen estos huesos
que la tiza un vez que se hace polvo
ya no puede escribir.
lunes, 15 de mayo de 2017
Partidas de nacimiento impresas sobre boletas vencidas
me rehúso a asumir
las deudas del primer hombre,
y a dejar que se acumulen
junto a las mías
en la mesa de todos los días.
y así y todo, no hago un carajo
la línea sigue cortada y yo
las deudas del primer hombre,
y a dejar que se acumulen
junto a las mías
en la mesa de todos los días.
y así y todo, no hago un carajo
la línea sigue cortada y yo
me quedo
contemplando
la carcasa del teléfono
la llamada que no llega
la corteza de las cosas
el brazo extendido,
el caramelo a un metro del niño
el llanto.
¿la vida o el suspenso perpetuo que antecede al final?
cargo con la pulsión caníbal de deslizarme la cutícula
alimento que no llena,
¿y a vos vampiro, te pasa lo mismo?
beber copas y copas
hurgar capas y capas,
y ver la sangre roja correr,
contemplando
la carcasa del teléfono
la llamada que no llega
la corteza de las cosas
el brazo extendido,
el caramelo a un metro del niño
el llanto.
¿la vida o el suspenso perpetuo que antecede al final?
cargo con la pulsión caníbal de deslizarme la cutícula
alimento que no llena,
¿y a vos vampiro, te pasa lo mismo?
beber copas y copas
hurgar capas y capas,
y ver la sangre roja correr,
y después más piel,
y milhojas de carne que aún quedan por marcar
y otros miles de cuerpos prendidos a un mismo esqueleto
hacen que la antropología se reviente los sesos
frente a lo que no puede alcanzar.
y milhojas de carne que aún quedan por marcar
y otros miles de cuerpos prendidos a un mismo esqueleto
hacen que la antropología se reviente los sesos
frente a lo que no puede alcanzar.
domingo, 7 de mayo de 2017
el noble arte de arrojarse desde el borde del mundo y arrepentirse
ontología de una fábula:
si la sed es un hueco podrido en la garganta,
un espejismo acuoso sobre el asfalto de una ruta a ningún lugar,
o un paladar enfermo
¿qué más da?
beban,
bebamos,
embriaguémonos
con la baba que cuelga de este retrasado dios idiota.
el deleite de los desamparados
colecciones de confesionarios:
jesús atado con un cinturón en el cuello
al apoya cabezas de una cama victoriana
vestido de cuero
con una manzana en la boca
gimiendo
mientras le vomitan perdón
sobre las heridas.
lo que me hace imaginar
que el cielo no es un deshuesadero
como tienden a enseñarnos,
sino un burdel vip donde san pedro es patovica.
en una escenario así de libertino,
el goce clausura el dolor
y las lágrimas se vuelven espesas y blancas.
y frenético es el movimiento de las caderas,
genuflexiones del sometido
¿y ahora que la tempestad se avecina, qué más queda por desmantelar?
bendita es el agua que gotea de los techos
pero sobre todo,
bendita la virginidad de la matriarca
la hilacha suelta
la carcajada final que dispara el mito.
las lenguas adorando
la humedad de las paredes,
las manchas del pecado,
el agua se escapa
por traqueotomías clandestinas,
la madera se pudre como la vista.
se anega el nido de ratas
sus chillidos guturales me trizan la dentadura
ellas son quienes corean la oda a la miseria
las que serán mártires
y resucitarán al tercer día.
en un acto de desesperación,
convertiré mi manotazo de ahogado
en un cachetazo
a la campanita que dentro de mi boca se mece,
devolveré lo que me fue regalado
que no pedí
que no quiero
que no me pertenece,
contemplarán a un volcán ebulliendo de mis madrigueras
vomitaré las ratas contra las caras atentas de los cuervos,
crucificaré a cada una de ellas por sus colas
rindiéndoles memoria en mis más atroces sueños
donde son ellas quienes roen mis tobillos
y son el jurado de un proceso
en cual no tengo defensa
ni boca
que grite alguna queja,
ni cuello
para cumplir con la muerte, mi condena
contando solo con el torso enfermo, roto, partido
a un lado de una habitación donde no quepo, ni respiro
llorando, quejándome del maloliente crucifijo que está clavado en mi pecho.
es el miedo éste
de tener el corazón despojado del cuerpo,
jadeando con cada respiración
sosteniendo en mis manos las colas extirpadas de nuestras salvadoras
a modo de castigo divino
empapándolas de angustia,
bendiciéndolas
muriéndome de sed.
si la sed es un hueco podrido en la garganta,
un espejismo acuoso sobre el asfalto de una ruta a ningún lugar,
o un paladar enfermo
¿qué más da?
beban,
bebamos,
embriaguémonos
con la baba que cuelga de este retrasado dios idiota.
el deleite de los desamparados
colecciones de confesionarios:
jesús atado con un cinturón en el cuello
al apoya cabezas de una cama victoriana
vestido de cuero
con una manzana en la boca
gimiendo
mientras le vomitan perdón
sobre las heridas.
lo que me hace imaginar
que el cielo no es un deshuesadero
como tienden a enseñarnos,
sino un burdel vip donde san pedro es patovica.
en una escenario así de libertino,
el goce clausura el dolor
y las lágrimas se vuelven espesas y blancas.
y frenético es el movimiento de las caderas,
genuflexiones del sometido
¿y ahora que la tempestad se avecina, qué más queda por desmantelar?
bendita es el agua que gotea de los techos
pero sobre todo,
bendita la virginidad de la matriarca
la hilacha suelta
la carcajada final que dispara el mito.
las lenguas adorando
la humedad de las paredes,
las manchas del pecado,
el agua se escapa
por traqueotomías clandestinas,
la madera se pudre como la vista.
se anega el nido de ratas
sus chillidos guturales me trizan la dentadura
ellas son quienes corean la oda a la miseria
las que serán mártires
y resucitarán al tercer día.
en un acto de desesperación,
convertiré mi manotazo de ahogado
en un cachetazo
a la campanita que dentro de mi boca se mece,
devolveré lo que me fue regalado
que no pedí
que no quiero
que no me pertenece,
contemplarán a un volcán ebulliendo de mis madrigueras
vomitaré las ratas contra las caras atentas de los cuervos,
crucificaré a cada una de ellas por sus colas
rindiéndoles memoria en mis más atroces sueños
donde son ellas quienes roen mis tobillos
y son el jurado de un proceso
en cual no tengo defensa
ni boca
que grite alguna queja,
ni cuello
para cumplir con la muerte, mi condena
contando solo con el torso enfermo, roto, partido
a un lado de una habitación donde no quepo, ni respiro
llorando, quejándome del maloliente crucifijo que está clavado en mi pecho.
es el miedo éste
de tener el corazón despojado del cuerpo,
jadeando con cada respiración
sosteniendo en mis manos las colas extirpadas de nuestras salvadoras
a modo de castigo divino
empapándolas de angustia,
bendiciéndolas
muriéndome de sed.
*escrito con Massi
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