lunes, 16 de marzo de 2026

Maullido cordillerano

Con la guita de un Corolla compró una moto usada. Con un iphone comprado en Marketplace le sacó una foto al reloj que había estado durante tres generaciones en su familia. No es talar el árbol, pero se le parece. Lo vendió y con algo de plata encima, mejoró el caño de escape. Quería conocer el mar con nuevos ojos. Quería acampar a la vera de la ruta 25 por motus propio, no por accidente. Con los neumáticos pinchados apareció una mañana en el taller. Los cambió por una charla con un mecánico que lo orientó en su encrucijada. Un año sin papeles. La multa era un yunque corroído por el mal sueño. Fisuró la moto, no sin antes cambiarle las ruedas. Cambió su libertad adquirida por el transporte público. Se cansó y se compró una bicicleta. Con el ejercicio recuperaré la capacidad respiratoria, le daré pan fresco a los vasoconstrictores y superaré prolijamente el dolor que implica una separación a tan corta edad. Adoptó un gato para no estar cara a cara con su propia respiración pero falleció sin explicarle porqué. Con la experiencia reciente y un ingreso extra en el narcomenudeo cannábico, adquirió una camioneta en módicas cuotas para sentirse más fuerte. Fascinado por las fragancias que dispersan una semilla del medio oriente. Sodio. Solarpunk. La cuenta bancaria en el baño de visitas. De los arañazos más profundos, quedan vetas rosadas que ya no arden. Vuelve un domingo con las piernas entumecidas de tanto manejar. Está cómo del lado de adentro. Se siente suave como una palta, al que dos pulgares amorosamente, pegan un sticker de una sonrisa. Fue un fin de semana atípico, de descanso y compañía, donde conoció un espesor que hasta entonces le había sido velado. Algo nuevo, con crecimiento exponencial. La esperanza de algo mejor. Sube el ascensor y un piso antes, se paraliza. Está el maullido aflautado de cuando se va y el maullido cordillerano, espasmódico, de los regresos. Ese es el que falta. Ese es el que lo hace entrar desaforado y revolear la ropa tirada, las abertura de la ventana, la zona debajo del sillón. Lo que dura una alucinación es indistinto a la vergüenza que después siente. Dos gotas de clonazepam tocan de un tingazo su lengua. El ambiente está fresco y agradable. Esa noche duerme abrazado al almohadón que tiene más a mano. Mide lo que un trozo de madera mojado, o lo que un gato.










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