miércoles, 18 de marzo de 2026

Bloques y fisuras

Es el momento de la negociación.
De hoy depende que me mude
en un mes o que madure mis cables
doce meses más en este monoambiente.
Vino el propietario con el tasador.
Era un joven con barba,
de esas recortadas
con esmero y paciencia real.
La camisa a cuadros que eligió,
no siempre calza bien en la cintura.
A veces, inflada de aire,
deja entrever el ombligo.
Tasador joven que saluda como un hombre
que madrugó, desayunó y se entregó
al spray de una colonia comprada en un freeshop.
Cada situación que involucra el tema vivienda
me dispara a mis anteriores viviendas.
A mis anteriores ocupaciones. No fueron muchas pero
marcan una fisura, establecen un segmento de vida.
Líneas de estrés. Las líneas del raigambre.
Mis bellas líneas punteadas.
La memoria tiene la potestad de rellenarlas
y las palabras, son las responsables de su adherencia.
El lenguaje es creador 
dicen 
los que creen que al creer crean.
La vivienda no es lo único,
desde ya; los trabajos, el miedo, el origen
del miedo, a quien quería, cómo quería,
el sueño cortoplacista, la sombra futura de uno hecha
con restos de sombra pasada.
Si entonaba así o escuchaba qué.
Si compraba pomelo o ya me había pasado al agua tónica.
Si armado, industrial o en ayuno de humo.
Está el curso engordado y cursos que conducen
a desvíos. Esa visión. El nivel
de introspección de cada visión. Cada visión
y su contorno engrosado. La visión
que acabo de adquirir palidece a la anterior.
Eso también es una fisura.









miércoles, 25 de febrero de 2026

Cosa mía

La fracción de tiempo antes
de la compra. La matemática
evanescente se traduce en un pago
exacto.

Vine a buscar lo que no sabía
que quería. No hay reembolso
porque ya estoy sentado en el sillón.
Porque no salgo más es cosa mía.

Mi fracción de tiempo antes
del envoltorio. Antes de las ranuras
en octavos de la barra de chocolate,
viene el papel de aluminio.

Es de la hora digestiva,
la fracción previa. Es el tick
de una esquina que no resulta como
el tack de la siguiente partición.

Tritura y muele. Estructura
y muerte. Es del tiempo, su fracción
más afónica. El ruido del sabor
lo procesa la laringe.

Del sabor queda amalgamado
tipo satín el primer mordisco.
A la lengua ataca a lo roller derby
las ganas de un trozo más.

El diente manchado de chocolate
al lado de un diente relleno
de chocolate pegado al baldío
de un diente perdido prensado
por la muela rellena de muela.

La fracción de tiempo antes
del último cuadrado. El tick
en mis dedos no suena como el tack
de mis dientes. No sabe al tick pionero.













.

lunes, 26 de enero de 2026

Batallas diarias

La sensación háptica del tejido cuarteado
cuando me drené el grano y sangró.
Me acabo acordar
porque se enganchó la cascarita
al hilo suelto de mi remera.
De espaldas al espejo,
luché largo y tendido
como quien intenta abrocharle
un botón a su joroba.






Vacaciones

Empieza con una aspiración nasal que clama por la eternidad. Colmar los pulmones y completar el circuito. La segunda dura menos. En la tercera ya flaquea, se acorta en un intercalado que va del ripio al pavimento al serrucho al fin al CO2. Ya para la cuarta respiración, la elasticidad trunca delata su abandono en materia de salud y el ciclo se recompone.

Ella lo mira y entiende algo más que atributos rítmicos del sueño. Viejos pensamientos nebulosos donde se trenza la palabra amor con la dureza del porvenir. Cuanto más penetra su atención, más grande siente que es la rodaja que le está robando. Como quien fichó el origen de un zumbido juega a la mancha congelada, despegada estática vacila entre acomodarlo de un ojotazo o mudarse de cuarto, dejarlo solo enredado a las lianas de su expectoración.





























Un embole

El labio leporino de mi interlocutor
susurra palabras sin expansión.
Aeroestátos que en su caída se desinflan
y vuelven fugaces a su forma arrugada.
Una que cabe en un puño.
Lo que digas no lo usaré.
Solo ver cómo una estupidez
se deshace en lonjas.
Y cuando parecía que eso era todo,
llegan al suelo
y se desgranan en un polvo transparente
que ni el más abstinente
se lamería el dedo para buscar su ración.
Algo así es lo que me pasa
cuando hablo con vos.






En las últimas

Con el filo de un resaltador 
encierra los lunares craneales de su anciano senil. 
Así me divierto, disminuyo la tensión 
que las horas muertas generan.
Él mira el techo retenido a la inclinación
que la almohada le propone.
Yo lo afeito, con una pinza tironeo cejas
y tijereteo el plumero que de su oreja escapa.
Lo baño, lo seco, cada fracción 
de la jornada dividida por una píldora ahuesada.
A veces llora por un pecado cometido
que no recuerda en alta definición;
salvo eso, un diez, salvo cuando
me toca una teta y se hace el boludo.











Previo a la nocturnidad

Previo a la nocturnidad,
la maniobra de embrague con que el cielo
deja de serlo: una inversión lumínica
y los frentes de la comuna más longeva
del mercado inmobiliario, opacas, sin cejas.
Esto es San Telmo: el dimmer que se atasca
en un tiempo sulfatado.

Se agolpan las décadas, se trocean las modas,
las drogas en los cuerpos se exhalan
por las juntas de un hotel familiar.
La palabra tragedia impresa mal.
Un bollo de papel al ras rueda.
El viento es nuevo y da un espesor
concreto a la calle. La calle no es
nueva. Hubo un canal de agua
vieja. Lo que hubo se sentía como nuevo.
Lo que hay hoy no se entiende.

Tras la vidriera, atraídos por un sonido conocido,
algo toca y rompe y al tocar, cae
en su rotura que en la próxima caída
se romperá con las que vienen detrás.
Entran pesadas al campo visual
y como kamikazes estallan
por un bien mayor. ¿Granizo? ¿Escupitajos?
¿Bolas gruesas de condensación?
¿La violencia por unos oída por todos?
La lluvia en singular como una gota tan larga
que no sabemos si cae
o une lo alto ubicuo con lo que nos sostiene.