Es el momento de la negociación.
De hoy depende que me mude
en un mes o que madure mis cables
doce meses más en este monoambiente.
Vino propietario con el tasador.
Era un joven con barba,
de esas recortadas
con esmero y paciencia real.
La camisa a cuadros que eligió,
no siempre calza bien en la cintura.
A veces, inflada de aire,
deja entrever el ombligo.
Tasador joven que saluda como un hombre
que madrugó, desayunó y se entregó
al spray de una colonia comprada en un freeshop.
Cada situación que involucra el tema vivienda
me dispara a mis anteriores viviendas.
A mis anteriores ocupaciones. No fueron muchas pero
marcan una fisura, establecen un segmento de vida.
Líneas de estrés. Las líneas del raigambre.
Mis bellas líneas punteadas.
La memoria tiene la potestad de rellenarlas
y las palabras, son las responsables de su adherencia.
El lenguaje es creador, dicen
los que creen que al creer, crean.
La vivienda no es lo único,
desde ya; los trabajos, el miedo, el origen
del miedo, a quien quería, cómo quería,
el sueño cortoplacista, la sombra futura de uno hecha
con restos de sombra pasada.
Si entonaba así o escuchaba qué.
Si compraba pomelo o ya me había pasado al agua tónica.
Si armado, industrial o en ayuno de humo.
Está el curso engordado y cursos que conducen
a desvíos. Esa visión. El nivel
de introspección de cada visión. Cada visión
y su contorno engrosado. La visión
que acabo de adquirir palidece a la anterior.
Eso también es una fisura.
Con la guita de un Corolla compró una moto usada. Con un iphone comprado en Marketplace le sacó una foto al reloj que había estado durante tres generaciones en su familia. No es talar el árbol, pero se le parece. Lo vendió y con algo de plata encima, mejoró el caño de escape. Quería conocer el mar con nuevos ojos. Quería acampar a la vera de la ruta 25 por motus propio, no por accidente. Con los neumáticos pinchados apareció una mañana en el taller. Los cambió por una charla con un mecánico que lo orientó en su encrucijada. Un año sin papeles. La multa era un yunque corroído por el mal sueño. Fisuró la moto, no sin antes cambiarle las ruedas. Cambió su libertad adquirida por el transporte público. Se cansó y se compró una bicicleta. Con el ejercicio recuperaré la capacidad respiratoria, le daré pan fresco a los vasoconstrictores y superaré prolijamente el dolor que implica una separación a tan corta edad. Adoptó un gato para no estar cara a cara con su propia respiración pero falleció sin explicarle porqué. Con la experiencia reciente y un ingreso extra en el narcomenudeo cannábico, adquirió una camioneta en módicas cuotas para sentirse más fuerte. Fascinado por las fragancias que dispersan una semilla del medio oriente. Sodio. Solarpunk. La cuenta bancaria en el baño de visitas. De los arañazos más profundos, quedan vetas rosadas que ya no arden. Vuelve un domingo con las piernas entumecidas de tanto manejar. Está cómo del lado de adentro. Se siente suave como una palta, al que dos pulgares amorosamente, pegan un sticker de una sonrisa. Fue un fin de semana atípico, de descanso y compañía, donde conoció un espesor que hasta entonces le había sido velado. Algo nuevo, con crecimiento exponencial. La esperanza de algo mejor. Sube el ascensor y un piso antes, se paraliza. Está el maullido aflautado de cuando se va y el maullido cordillerano, espasmódico, de los regresos. Ese es el que falta. Ese es el que lo hace entrar desaforado y revolear la ropa tirada, las abertura de la ventana, la zona debajo del sillón. Lo que dura una alucinación es indistinto a la vergüenza que después siente. Dos gotas de clonazepam tocan de un tingazo su lengua. El ambiente está fresco y agradable. Esa noche duerme abrazado al almohadón que tiene más a mano. Mide lo que un trozo de madera mojado, o lo que un gato.
La vez que se desfondó el termo que lo contenía. Ya era de caminar y convertir la soledad en una estela de brillantina. Supo oler bien. La vez que una verruga quedó a medio camino entre la gota de sudor y la axila y se disecó para caerse de callada en sus pies. Ardores silenciosos que no involucran acciones. Consecuencias que no exigen acciones. Sentimientos que no generan acciones. Acciones hijas de sí mismas han de repetirse como una mueca blanda. Una mata seca sin mucho tiro para bambolearse. Yo diría, vibra. La lata del adicto es el sol de su locomoción. Las heladeras, los freezers y los sistemas de ventilación del Día% el quince de enero del dos mil treinta y dos. Cómo cantaba el himno, la raya al medio pareja, con qué ímpetu señalaba las rotas cadenas pero creció y perdió su dni. Perdió contacto con su familia. Con ayuda de un amigo, perdió el brazo para cobrar una póliza de seguro. Perdió la póliza en apenas seis meses y a bordo de un acoplado, viaja una noche cuatrocientos kilómetros al sur. Sino está haciendo la plancha en lo verde del Metrobús, seguro está en la entrada del Farmacity pidiendo por favor una moneda. Que se le está acabando el pote, que si al menos no se encrema el muñón cada veinticuatro horas, va estar complicado que se le regenere. Voy a tener que arrancar el tratamiento todo de cero.