cuando suena el timbal primero.
Sudan óxido los tornillos
que veinte flacos ajustaron.
Las vallas al pie del escenario
hacen tapón al embudo
en el que se convirtió el balneario.
Van llegando del Pujol y del barrio Sur,
del Don Bosco y el barrio Comercio,
que levanten las manos la banda de El Porvenir
los del 352 Viviendas y los del Progreso,
los que lloran a esa chica que no va a volver,
las que piensan que los hombres son todos iguales
están equivocadas: te juro que hay peores.
Dos filas, cordón policial, abierta la mochila,
Dos filas, cordón policial, abierta la mochila,
brazos extendidos, los músicos, dirigentes,
un concejal, el intendente y al costado
de las pantallas led, la locutora, arenga.
Se va copando, se va sintiendo
lo que todos vinieron a sentir.
Que es verano y que el ocio bracea
con soltura y legitimidad.
Que todavía los calores que sofocaron
al día, resisten, medio dispersos,
medio esquivos, frente a la brisa
que de tanto en tanto el mar se trae.
Hay que tomarlo todo.
Haz de tomar más rápido
porque el tic-tac de los hielos
suena cada vez menos.
Se funden con el vino y la soda
y por el esófago, la bebida, viaja.
Este es el silencio que indica
que la banda está por salir.
Ese es tu celular y lo sacás
del bolsillo para guardar el momento.
¿Y este? ¿Qué mira? Es una liebre
cruzando el sendero de tu visión.
Vos volvés a la cueva de tu gorra.
Le pedís fuego para prenderlo
y no te escucha.
y no te escucha.
Meditás tu próximo movimiento
y te tomás un trago.
y te tomás un trago.
Los baffles vibran.
Las ballena no duermen.
El humo es del color de la arena
y en el centro del playón,
nace un círculo donde un drone
aterriza entre dos que la boquean
y se quedan en el molde
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